Esos pobres angelitos

Las circunstancias de su muerte eran suficiente indicio: un pleito de pandillas. Nada bueno podía salir de ir a su velorio.

Nos tardamos más de una hora en llegar al lugar, pasaban de las 8 de la noche y estaba oscuro, los mismos vecinos nos advertían del peligro, incluso uno se atrevió a gritar “¡mataron a un choro!”. Nosotros lo intuíamos pero igual teníamos que llegar.

La casa del angelito, como solemos llamar los periodistas a estas criaturas del señor, estaba rodeada por otro grupo de querubines. Uno de ellos, apenas vio el auto con el logotipo de prensa, se nos acercó desafiante “no pasa nada, arranquen nomás”

Su estilo era bastante original, sin gritar, sin amedrentar, sonriendo, sobreentendíamos sus amenazas “yo soy de Barrios Altos, de las Carrozas, el tío acá es fuerte, él ya sabe que es ajustón”. Nosotros no podíamos mostrarnos intimidados, pero tampoco reaccionar mal. Con mucha delicadeza, y hasta un poco de su lado, nos ofrecimos para que la familia hiciera la denuncia pública contra quienes mataron al muchacho. No quisieron, no insistimos. Un apretón de manos y adiós.

Fue una batalla a la que acudimos ya vencidos.

Cuando muere un tipo sin oficio, ni beneficio, y con muchos vicios, acceder a sus familiares es casi imposible. Las raras oportunidades que ocurre, ellos nos describen a un chico trabajador, buen padre de familia, que veía por su madre enferma, que salió a tomar con los amigos un lunes hasta las 6 de la mañana, que el otro grupo lo molestó, que sólo defendió a sus amigos, y no hizo nada para merecer los disparos.

Sí… sí… ajá… ya… y hay que creerles, o al menos aceptar su versión, pues – según la legislación peruana – la muerte no es castigo, por más graves que hayan sido sus delitos.

Sin embargo no se trata sólo de un crimen, de un “ajustón” como nos dijo ese divino mensajero, sino precisamente de esa forma de matar y de morir, y la naturalidad con la que su entorno lo acepta, porque quizás saben que hoy les tocó a ellos y mañana ellos podrían devolver el golpe.

La venganza reinicia el círculo. Más angelitos caídos por quienes preguntar.

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