El viejito de los huevos frescos

Cuando yo era niña, me gustaba acompañar a mi mamá a hacer las compras. Íbamos al mercado nro. 2 de Barranco, ese que queda por el ex óvalo Balta y que pese al Metro que le han puesto cerca, se resiste a morir.

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Uno de los corredores del Mercado nro 2 de Barranco

Mi mamá compraba los abarrotes en el puesto de Moisés, el tendero con el despacho más rápido, el de mejores precios, el de mayor variedad de productos, y por supuesto, el más popular y concurrido del mercado. Incluso fue el primero en aplicar el sistema de los tickets, facilitando la atención a las amas de casa.

Pero al lado de Moisés había otro señor. Su puesto era más oscuro, apenas iluminado por un pobre fluorescente, al fondo tenía unos anaqueles llenos mayormente de detergentes y otros artículos de limpieza, adelante estaban los sacos con diferentes tipos de arroz y menestras, y al medio estaba él, con su delantal celeste, bien erguido, esperando a los caseros que nunca llegaban.

Ese hombre siempre llamaba mi atención, no solo porque su puesto paraba vacío, sino porque tenía una particular forma de atraer a sus clientes: ponía sus manos junto a su boca y gritaba ¡Huevos frescooos, huevos frescos de primera calidad, huevos frescooos! Era el viejito de los huevos frescos.

Nunca se lo dije a mi mamá, pero las veces que me enviaba sola a comprar al mercado, yo no iba donde Moisés, iba donde el viejito de los huevos frescos. Y aunque todo me saliera más caro, de menor calidad, y me ganara una gritada por los vueltos en casa, sentía que estaba haciendo lo correcto.

Una vez que me mudé de Barranco, le perdí la pista. Hace poco me entró la curiosidad y le pregunté a mi mamá si sabía algo del viejito de los huevos frescos. Nada. Así que regresé al mercado nro. 2, busqué su puesto, y no estaba; Moisés, el tendero popular, lo había comprado para convertirse en el Rockefeller de los abarrotes.

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El antiguo puesto del viejito, ahora cerrado

Tras preguntarle a los otros comerciantes, finalmente supe cuál era su nombre: Félix Cristóbal, el viejito de los huevos frescos se llamaba Félix Cristóbal. Pero la agradable sorpresa de saber su nombre vino con una mala noticia, Félix había fallecido años atrás.

Debía imaginarlo, si cuando yo era niña, él ya era un viejito. Me dio pena, ¿habrá sido feliz, habrá estado acompañado de seres queridos, alguien más lo recordará en este momento además de mí? Si no fuera así, espero que este post sirva para al menos tú imagines a este viejito en su puesto, con su delantal celeste, muy erguido, con sus manitas junto a la boca, tratando de vender sus huevos frescos.

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