La Caperucita Loca y el Lobazo Jugador

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Había una vez una niña muy linda con una caperuza roja, tan linda que podía tener a cualquier lobo a sus pies. Un día mientras paseaba por el bosque, alguien le pregunto si algún miembro en particular de la jauría le llamaba la atención, y ella, casi sin pensar, dijo un nombre, sin imaginar lo que pasaría después.

El lobo en cuestión se enteró que la Caperucita linda tenía interés en él, y como era tremendo Lobazo, llamó a sus amigos para hacer una fiesta en el bosque y así tener la oportunidad de conocerla. La niña aceptó la invitación, y ese interés inicial poco a poco se convirtió en amor.

La Caperucita y el Lobazo Jugador parecían vivir una linda aventura, sin embargo su felicidad no podía ser completa. El Lobazo tenía un pasado, un pasado del cual no se había preocupado por zanjar, una bella loba y unos pequeños lobeznos a los que, pese al tiempo y la distancia, todo el bosque aún veía como su verdadera familia.

La situación entre la niña y el Lobazo se empezó a poner tensa, ella quería más, ella exigía más, pero el Lobazo no daba su brazo a torcer. La Caperucita no podía entender por qué no era capaz de darle su lugar y por qué dejaba que todo el bosque hablara a sus espaldas. Hasta que pasó lo ya se temía, el Lobazo se amistó con su bella loba, volvió con sus lobeznos y ella se quedó sola, con el corazón y la reputación rotos.

Algo cambió en la Caperucita, seguía siendo linda, pero ya no era la misma niña, se convirtió en una loca, una Caperucita Loca con una sed de venganza imposible de saciar. Enviaba mensajes en doble sentido, indirectas, se tomaba fotos cada vez más sexy y las pegaba en cada árbol que encontraba en su camino. Ya no le importaba el qué dirán y hasta aprendió a sacar provecho de ello, ganando jugosos contratos a lo largo y ancho del bosque.

Un día, un viejo Zorro le propuso sacar al fresco públicamente al Lobazo para que todo el bosque se entere, o terminara de confirmar, lo que había ocurrido entre ellos, total, ella no tenía nada que perder. Para hacer más atractiva la oferta, el Zorro le puso en frente una enorme olla llena de monedas de oro. Era imposible resistirse y la Caperucita aceptó.

De pronto, el bosque se volvió un hervidero de comentarios, los animalitos estaban ansiosos por escuchar a la Caperucita Loca, algunos la apoyaban, otros la criticaban, pero todos esperaban saber finalmente la verdad, cueste lo que cueste.

La noche de la revelación, la Caperucita estaba linda, más linda que de costumbre, vestida de impecable blanco, como la novia que nunca pudo ser. Subió por la colina lentamente, tanto que hasta parecía echarse para atrás. Una vez en la cima, se sentó en un enorme sillón rojo, y se puso en manos del viejo Zorro.

La Caperucita Loca rió, lloró, pero nunca se arrepintió. Durante más de una hora hizo confesión tras confesión, mientras los animalitos del bosque escuchaban con avidez. Ya no estaban seguros si lo hacía por despecho o por la olla de dinero, pero lo cierto era que estaba allí, exponiendo su vida y la del Lobazo Jugador.

Al día siguiente, la Caperucita se despertó en un lujoso palacio dorado, no tenía idea de cómo había llegado hasta allí, pero la envolvía un sentimiento que creía haber olvidado, que creía que nunca iba a volver a tener, se sentía en paz, acaudalada y en paz.

Solo una pequeña cosa parecía perturbar la renovada tranquilidad de la Caperucita Loca, y era que para los animalitos, ella siempre sería “la otra”, una “otra” muy poco discreta, y por consiguiente una “otra” peligrosa, ¿quién querría estar con ella?, se preguntó. Pero ¿le importaba eso ahora? No, había concretado su venganza y además había obtenido un gran beneficio con ello. Así que apartó ese pensamiento de su mente y siguió contemplando el bosque desde su alta e inalcanzable torre.

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One thought on “La Caperucita Loca y el Lobazo Jugador

  1. deybit says:

    Aplaudo lo bueno y felicitó la audacia y picardía de esta historia cual vida real nos enseña a no des fallecer y estas alerta a las situaciones de angustia que la vida y el destino nos depara

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