Joda al Fútbol: el antihomenaje al deporte Mundial

Para nadie es un secreto que detesto el fútbol, y no tengo argumentos, como no los tiene quien no gusta comer paltas o el color azul. Simplemente lo detesto, tanto que hasta le creé un hashtag. No obstante, trataré de ensayar algunas razones, que serán en realidad opiniones basadas en la experiencia personal. Advierto entonces que nada de lo que se diga a continuación puede ser materia de cuestionamientos, como tampoco lo son los gustos alimenticios o coloridos.

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La primera y única vez que fui a un estadio a ver un partido de fútbol, creo que fue en 1998. Un Cristal vs. Universitario en el Nacional. Yo le iba a los celestes. No sé por qué, supongo que como les debe haber sucedido a muchos, heredaron de sus padres el amor por una camiseta determinada. El mío es hincha rimense, pero es un hincha apático, y no dudo que esa apatía por el fútbol también me la pasó genéticamente.

Jamás hubiera pisado un estadio de no ser porque el enamorado de turno era periodista deportivo, así que apelando al carné, logró hacerme entrar hasta la mismísima cancha. Ahora imaginen la situación: yo a un lado del arco, siguiendo de cerca las jugadas de Miguel Rebosio, Julinho, Soto y demás. No recuerdo el marcador, pero sí que la U ganó, y todo el camino de regreso, el enamorado, que era crema, me estuvo vacilando. Nunca más volví.

No digo que la decepción de ese partido me haya llevado a odiar el fútbol, de hecho, seguí viendo uno que otro encuentro, pero por algún motivo, no me movían. Sentada en un sofá, frente a una pantalla de televisión, rodeada de tipos vestidos con camisetas de sus equipos favoritos, bebiendo cervezas y soltando ajos y cebollas, me sentía Gregorio Samsa.

Una vez que empecé a trabajar en prensa, y vi de cerca lo que había alrededor del fútbol: barras bravas, violencia, coimas, escándalos, vedettes, derrotas, etc. mi ya pobre entusiasmo se convirtió en total y completo desinterés.

No obstante, confieso que una vez hice una prueba para CMD, lo digo porque no vaya a ser que por ahí me saquen el tape. Una semana antes leí todos los diarios deportivos, los malos y los no tan malos. El día de la prueba, acompañé a un equipo al entrenamiento de la U, hice un par de preguntas a un jugador, con la suficiente firmeza para ser tomada con seriedad, hice mi stand up, y regresamos al canal, en donde escribí mi nota, la edité y la presenté. Qué bueno que no me llamaron, aunque quién sabe, quizás ahora no estaría escribiendo este post, sino una demoledora crítica al libro de Joanna Boloña.

No he vuelto a sentirme conmovida por el fútbol hasta la última final de la Champions League, y he de decir, que también fue por culpa del enamorado, hincha a muerte del Atlético de Madrid. Fue su sufrimiento, partido tras partido, el que me llevó a investigar el origen de su pasión, y encontré en los fanáticos del Aleti un amor puro e incondicional – alimentado por supuesto por una interesante campaña del club – que iba más allá de cualquier resultado. A los hinchas del Atlético no los une el triunfo, no, los une la ilusión. Y cuando perdió ante el Real Madrid, en verdad me dio muchísima pena.

Pero nada de eso ha sido suficiente para quebrar mi espíritu rebelde, y menos ahora que estamos en plena fiebre mundialista. Mi entorno es hostil: Twitter, Facebook, Blogs, mi novio, mi familia, mi trabajo, todos parecen estar confabulados en contra de mi desidia futbolística. La tortura durará un mes, después del que pueden ocurrir dos cosas: aprenderé a tolerar al fútbol o lo detestaré todavía más, pero de ninguna manera lo voy a amar.

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