Una breve historia sobre fútbol

Es domingo, muy temprano para ser domingo, pero aquí estoy. El entrenador me dice que dé unas vueltas, que es muy importante que me mueva, que si bien desde mi posición no lo haré mucho, cuando me toque hacerlo, deberé hacerlo con mucha agilidad. No es un juego de niñas, aunque yo sea niña y esté jugando, pues cuando todas las demás fallen, de mí dependerá que el resultado no sea adverso. Es mucha responsabilidad en menos de 3 metros. Debo estar concentrada.

Suena el silbato. Apenas distingo a mi contraparte, allá al otro extremo de la cancha. La vista no me ayuda. Soy miope. No me puse los lentes de contacto por seguridad, y lo pago caro. Por mi lado derecho observo correr a una niña. La defensa no fue obstáculo para ella. Fue obstáculo para mí. No la vi patear. La bola rueda por mi lado izquierdo. Es inútil estirar la mano. Estiro el pie. No la alcanzo. Es gol.

Reniego con mis compañeras, fue su culpa, son torpes, ellas no supieron defender. Las odio. ¿O fue mi culpa, y yo no supe atajar? ¡Qué más da! vamos un gol abajo y hay que remontar, hay que evitar que la diferencia se ensanche. Ese es mi trabajo. Suena el silbato.

Mis compañeras juegan en la mitad de la cancha. Mejor. Tengo el campo libre y veo con mayor claridad. Las niñas se siguen moviendo desordenadamente, sacudiendo sus manos como si estuvieran recién pintadas, tropezándose con sus propios pies, chocándose entre ellas, riéndose. Por su cara sé que al entrenador no le gusta, y a mí tampoco me gusta. Me mira. No me habla pero entiendo lo que me quiere decir. Entiendo por qué me hizo dar tantas vueltas. Quiere que sea ágil, que sea ágil ahora. Que sea ágil ya.

Una niña se cuela y atraviesa la endeble defensa, pero está lejos. Puedo advertir sus reacciones. Corre directo a mí. ¿Pateará a la derecha, a la izquierda o al medio? ¿Lo hará abajo o arriba? ¿Será un disparo potente o una mazamorra sin fuerza? Se detiene. Estamos frente a frente. Cara a cara. Sus manos tiemblan ridículamente. Se toma un par de segundos para hacerse el cabello hacia atrás. Error. Patea. La bola va al ras del suelo, rodando rápidamente, rodando directo hacia a mí. Esta vez no me sorprende. Corro para achicar el espacio. Aunque fue un tiro fácil, las manos me parecen insuficientes para detenerla y me lanzo. Mis rodillas golpean el suelo, mis codos golpean el suelo, mi mentón golpea el suelo. Sangro. Me duele. No me importa. Es mía. La bola es mía. La gloria es mía.

No hay tiempo para celebraciones. El juego sigue. Las niñas corren sacudiendo sus manos recién pintadas, tropezándose con sus propios pies, chocándose entre ellas, riéndose, divirtiéndose. Yo las observo desde el extremo. Soy la única que no se ríe, no es divertido. ¡Suban! ¡Pasen la bola! ¡Marquen a esa de allá! ¡Jueguen! Nada. Es inútil. Suena el silbato. Perdimos. Odio el fútbol.

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